lunes, 29 de octubre de 2012

Toma un respiro.

Rompes una, dos y tres copas, las estampas contra el suelo, disfrutas con su destrucción, con el ruído que provoca, con como los cristales saltan a todas partes como si fuera una catástrofe en tamaño reducido.
Sonríes, y en cuanto pasa la euforia,te echas a llorar. 
Rompes cuatro y tras ella la número cinco corre la misma suerte. 
Te paras, observas, esperas, y ya no quedan copas de las que echar mano. 
Tras apartar los cristales un poco con el pie te sientas en el suelo, vuelves a esperar. Preguntas "¿ Por qué?"
Piensas, te estrujas la cabeza, los nervios afloran otra vez, piensas en salir corriendo y no volver, en que quizás es la única salida. 
Paras de nuevo. Todo parece ir atrás, observas como en tu cabeza, las copas se recomponen y vuelven mágicamente a su sitio. 
Quizás realmente estaban mejor así. 
Te das cuenta de que siempre ha estado delante de tus ojos pero que sencillamente no lo quieres ver, ¿Es lo que querías?
No, es más, no es ni la respuesta que esperaba. 
Te tiras de los pelos, quizás si alguien te estuviera cogiendo de las manos no lo harías, quizás no habría intentado hacer con las copas lo que haces contigo misma. 
Lo peor de todo es que sabes que has roto todas las promesas que te has hecho, que tus ideales han desaparecido y que ya nada tiene sentido. 
Pero te levantas, le secas las lágrimas, respiras, lo haces de nuevo, pruebas el aire. Te gusta. 
Y te haces la pregunta clave, ¿Quieres o no quieres esto? Es decir, ¿Te quieres?