viernes, 4 de enero de 2013

Déjame escapar.

Vuelves al lugar donde siempre sueles ir, donde te sentías bien, donde todos te quería, donde has reído tanto que hasta has llorado a carcajadas.
Y te haces unas expectativas extremadamente altas, piensas que te presentará a todo el mundo, como si fueras lo mejor que existe o como si para él lo fueras.
Esperas que se le llene la boca de orgullo al hablar de ti, que todo el mundo ya sepa quien eres solo porque él no para de contar vuestras batallitas.
Piensas en lo maravilloso de la situación, en que sonará la mejor música del mundo, que bailarás, que beberás, que conocerás a gente alucinante que sencillamente dirán: Lo sé, él me ha hablado mucho de ti.
Pero llegas y nada más entrar sientes que algo falla, que ya no estás como en casa y que lo único que reconoces es el abrazo de él, su olor.. o bueno, en realidad creo que incluso él ha cambiad el perfume.
Todos te miran, te escrutan buscándote mil defectos, y tú sencillamente intentas parecer simpática, encajar en su grupo.
Pero cada vez que pasas junto a alguien sientes que todos piensan: ¿Quién es esta desconocida?
Y lo dicen así, como si nada y piensas en los millones de veces que tú has estado allí, en que conoces hasta el último libro de la estantería y que sabrías encontrar hasta el CD olvidado del rincón debajo del sofá.
Te sientas. Piensas. Esperas.
Y te pierdes, te pierdes en lo que solía ser tu propio terreno, tú antes te movías allí como pez en el agua y ahora te encuentras con una manada de gente que parece no quererte allí que reclaman un territorio que, en realidad, ya era tuyo.
Y lo miras a él. Y ves lo bien que lo pasa con toda la gente extraña. Piensas, paras, reflexionas.
Te vas. Sobras..
Todo cambia y... sencillamente, yo ya no soy su cosa favorita.