domingo, 9 de febrero de 2014

El día de las flores.

Él nunca me dio flores, decía que no le gustaban, que no eran lo suyo. 
Yo esperaba cada día a que él volviera con un ramo en la mano, con el paso del tiempo ya no esperaba ni un ramo, espera una sola flor. 
Nunca me quiso traer ni una margarita, nunca me dio ni un pétalo de rosa. 
Yo soñaba con las malditas flores, las tenía metidas en la cabeza. 
Creo que por su culpa empecé a relacionar las flores con cosas tristes, porque el hecho de que él no me diera flores era algo triste.
Me dejaron de gustar, yo ya sólo veía flores en los entierros. 
Todos los días buscaba alguna respuesta, y entonces se me ocurrió plantar flores en el jardín.
Tuvimos un jardín hermoso, crecieron tantas amapolas que formaban una hermosa alfombra roja.
 Me volvieron a enamorar las flores. 
A partir de entonces cogí la costumbre de dormir cada día un par de horas al lado de mis flores y él siguió sin entender que me encantaban las malditas flores. 
"¿Qué haces cada día ahí fuera con esas flores?"
Me decía. 
"Me encantan las malditas flores, me encantan"
Y entonces se dio cuenta.
 A la tarde siguiente apareció con un ramo enorme de amapolas. Le di un beso. 
Puse el ramo en un jarrón y me senté a mirarlo embobada, pero entonces entendí todo y salí corriendo a mi jardín, donde ya solo quedaban los tallos medio doblados. 
Volví a casa y le grité, le grité más de lo que he gritado nunca. 
No era posible que no entendiera que amaba las flores, que esperaba que él me regalara flores, que no lo hiciera y que, además de eso, matara las flores que yo misma me regalé.