lunes, 21 de julio de 2014

Donde tú acabas y yo empiezo.

Fue el llamado verano de los grandes descubrimientos, a decir verdad no se descubrió nada espectacular. Yo lo llamé así porque fueron los días en los que me entusiasmé con todo lo que había a mi alrededor, con lo bonito que estaba el cielo y con lo alucinante que era sentir  oxígeno en los pulmones.
Fue el verano de las mil lecturas atrasadas, "Flores en las Grietas", "El Gran Gatsby", "Primavera", todos iban pasando por mis manos dejándome impresionada. Que mágica es la prosa.
Fue el verano de las mil exposiciones y de los cines de verano, de las películas de culto del sesenta y algo.

Estaba continuamente enamorada de todo lo que había a mi alrededor, de como fluía el cosmos, de como todo tenía su lugar, pero ante todo, estaba un poco (juro que solo un poco) enamorada de él.

No era nada del otro mundo, ni el bohemio lleno de cultura que respiraba literatura de la buena con el que yo soñaba, no era el guaperas de turno, ni tenía un sentido del humor espectacular.
Él era uno más, pero recordemos que era el verano de redescubrir lo normal y enamorarse de ello. Tenía encanto cuando sonreía y aún más cuando hablaba de las cosas que adoraba.
Yo me perdía en él cuando empezaba a contarme sus sueños, la loca idea de hacer la Ruta de la Seda, de perderse por la India, de ir a no sé qué pueblo al Sur de China. Mientras él lo contaba, yo solo pensaba en como hacer la mochila rápido para irme con él.

Era raro porque a pesar de sonreír poco, tenía siempre los ojos alegres. A pesar no tener nada en común encontré pinceladas de mí en él, cosas pequeñas como relajarse con The XX, pensamiento propio, facilidad de palabra.
Muchas veces parecía que intentaba impresionarme, quizás tenía complejo de inferioridad.

Si soy plenamente sincera, todo lo que acabo de decir me importaba poco, bastante poco, lo que a mí más me gustaba de él era la forma en la que me miraba, parecía que yo fuera magia, que estuviera viendo la creación del universo en mis ojos, sonreía como si en mi pelo naciera la aurora boreal.
La simple idea de imaginar que alguien me fuera a mirar así todos los días me fascinaba, era como convertirme en la protagonista de Hey There Delilah, quiero decir, estoy convencida de que él pensaba que ni Times Square podría brillar más que yo.