sábado, 31 de enero de 2015

Mar en calma.

Como siempre miro de forma metódica mi reloj de muñeca sin ver la hora, ya son un poco más de las cuatro, y aún estamos todos aquí hablando. No sabría decirte cuantas botellas diferentes teníamos en la mesa, ni cuanto tiempo habían durado. Me importaban pocas cosas en aquel momento.
Aún así de vez en cuando, me quedaba mirando mi vaso vacío y en el cristal me parecía verte como cuando me marché la última vez. ¿Quién podría olvidar tus ojos azules clavados en mi reflejo?

Es mágico verte en los cristales, porque el cristal en sí mismo es mágico. Lo es cuando me muestra lo que tengo delante y el reflejo de lo que tengo detrás. La última vez delante tenía la calle vacía, oscura y fría y detrás tenía tu sonrisa cálida invitándome a quedarme.
No sabes que duro es dejar atrás reflejos tan bonitos.

La cosa empeora cuando segundos antes el aire parecía estar especialmente cargado de oxigeno, haciéndonos reír mucho más fuerte y dejando que nuestros pulmones se impregnaran del ambiente, y tu voz parecía estar en cada uno de los átomos de aquel sitio y mi cuerpo parecía absorberlos todos. Y rápidamente levantas la vista y me deslumbran tus pupilas, y se dilatan las mías a la velocidad de la luz, tardo apenas décimas de segundo en regalarte mi mejor sonrisa.

Siempre dicen que antes de un tsunami, el mar está en calma.

El capítulo dos de la historia es el tsunami que provocas en mi cabeza cuando con tres palabras pareces desencajar todo el tejido del universo, y por un momento la expansión perpetua desde el Big Bang se detiene, y no hay dimensiones porque en aquel momento no había nada más que tu cara compasiva mirando mi cara de incredulidad.

En momentos así, es fácil entender por qué las tormentas llevan nombres de personas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario